domingo, 10 de mayo de 2015

POCAS CASAS…


Era una población con  calles de tierra, estrechas, torturadas por el pasto y las gramillas. Cuando la tarde tenía pesadez de siesta, las cigarras celebraban en coro aquel clima de alta temperatura.  Habia allí no más de 10 casas.  En la comunidad sobresalían dos vecinos. Eran de las “fuerzas vivas” del lugar. El mecánico “todo servicio”, atendía problemas en arados, tractores, etc. de las ricas  estancias de la zona. El otro, dueño de un local de “Ramos Generales”. Existía para surtir a los ganaderos cercanos. Poco era el gasto de vecinos del lugar. Fama tenía de que lo que allí no se encontrara… eso no existía…

Estanterías hasta el techo. abarrotadas con mercaderías.   Un estrecho pasillo entre ellas. En el rincón… una mesa con seis sillas. Farol a mantilla pendía del techo. Lugar usado de “Club social” del poblado, ubicado en la cruz de dos rutas nacionales que allí se cruzaban. Al anochecer  tomaban asiento media docena de vecinos. Jugaban al truco, acompañando alguna que otra grappa o caña, con infusión de yuyos. Entre juego, charla y tragos, remontaban madrugadas de “historias y sucedidos, aura que dice paisano…” como tal vez sentenciaría Don Verídico, de hallarse en aquella circunstancia.

Las vías del ferrocarril cruzaban por allí. ¿Habría una Estación?. No. La
pequeñez  del lugar no ameritaba. A un sitio así de le decía “La Parada tal…” Había una especie de casilla al borde de la vía. Con un poste, que cual una horca en el Lejano Oeste, extendía un brazo de un metro hacia la vía, con un enorme gancho de bronce, en su extremo. Si alguien debía subir al tren, un vecino “encargado” avanzaba un kilometro por la vía, con una bandera roja y el tren paraba allí. Cuando había alguna carta, reduciendo la velocidad, el guarda colocaba la cartera de cuero, en el  gancho de bronce, 

Luego de eso, el conductor tocaba tres pitadas y en el lugar sabían que había correo. Si el caso era a la inversa, dejaban en el gancho la cartera. Aquel poste era visible desde  un kilometro. El guarda veía la cartera, la retiraba y el conductor pitaba tres veces. Aviso de que correo había salido. El pensaba en todo esto mientras avanzaba el coche por la ruta casi vacía. Un amigo lo invito y cuando supo que ruta tomaría acepto. El punto es que en el viaje cruzaría por el lugar en que existía aquel poblado de unas 10 casas, donde habitaba un tío, en cuya casa pasaba un par de semanas en las vacaciones escolares.

Habían pasado más de 60 años. Cuando le comento al amigo y este le pregunta en que kilómetro de la ruta, no lo sabía. Pero recordaba un detalle. Frente al negocio de Ramos Generales, cruzaba otra ruta importante y alguna vez escucho que había veinte kilómetros a un pueblo muy conocido. Al oír el nombre, el amigo ubicó el lugar. El viaje transcurría por zonas que parecían no ser el país rural que guardaba su memoria. A la derecha hacía horas que se veían montes de eucaliptus y por la izquierda, hasta donde daba la vista eran unas tras otras plantaciones de soja. ¿Sera esto Uruguay? Pensó para sí…

Con eso en la mente…lo “despierta” el amigo…”Bueno prepárate a ver que dejo de tu pueblo, ese más  de medio siglo…faltan dos o tres kilómetros…” y al poco rato dice…”hemos llegado…” y el auto se detiene… desciende”¿Estas seguro…?”  “Seguro…ahí está la ruta que cruza y a veinte kilómetros esta ese pueblo…” Caminamos unos diez metros y nos detenemos…era el cruce de las rutas…”aquí estaba el negocio…por ahí las casas…” dijimos. El amigo no decía nada. Delante de nosotros y hasta el horizonte era solo soja. A espaldas nuestras los eucaliptus, muy quietos nos escuchaban…y no decían nada…”

Félix Duarte  


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Y ASI SUCESIVAMENTE... 

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