domingo, 22 de marzo de 2015

EL VIAJE

 En la antigua estancia del profundo norte rural cercano a Brasil, su padre guardaba en un galpón la más valiosa posesión. Un “Chevrolet” que si traemos a la memoria aquella  serial “Los intocables” y los coches de Eliot Ness en el Chicago de los años 30, con su “ley seca” y al malo  Al Capone,  este coche de su padre era uno venido de generaciones muy anteriores. El punto es que unas dos veces al año aquella antigüedad se retiraba de los tacos, que mantenían ruedas levantadas del piso. Se “planeaba” un viaje, lo cual era infaltable tema para los dos meses anteriores, al previsto próximo acontecimiento.

El tal “viaje” se trataba de cruzar a Brasil y volver por Artigas y eran dos o tres días. Lo que quedo incrustado en su memoria (y es asunto de este texto) es el cruce del Rio Cuareim. Tenía memorizada la palabra “Cuarai” y ahora, pasado mucho más de medio siglo, mapa mediante, recrea el itinerario. De Bella Unión cruzaban a Quarai en Brasil y seguían a Artigas y por ahí volviendo a Uruguay. Hoy entre Cuarai y Bella Unión hay un puente de 700 metros.  

Y ahí está el punto: Lo que él nunca pudo olvidar fue el cruce del Cuareim. Al  llegar estaban varias personas con sus caballos. Su padre  se dirigió a uno de ellos. Conversaron. El hombre hizo señas a otro. Ambos se dirigieron a la parte trasera del “Chevrolet”, asegurando sendos lazos al paragolpe. Su padre puso el auto en marcha. Los hombres en sus caballos tensaban el lazo que controlaba la bajada lenta, por un terreno inclinado muy barroso, hasta que se detuvo en la balsa. Una persona allí desato ambos nudos de los lazos que fueron recogidos por los dos hombres. Y la balsa dió inicio al cruce.

Al llegar a la orilla brasileña, ya esperaban otros dos a caballos que arrojaron los lazos a la balsa. La misma persona los anudo al paragolpe delantero. El terreno era también barroso. A una seña desde la balsa, los lazos se tensaron. Retrocedieron los caballos. Ayudaban al coche a subir la cuesta fangosa. Andando el tiempo, en algún momento él llegó a saber que en aquel “viaje” pude conocer a los “cuarteadores”. Profesión de esas que fueron necesarias en alguna etapa de la historia. Después los puentes  se ocuparían de unir las orillas y disimular fronteras de pueblos y países con idiomas diferentes. 

 Al menos los cuarteadores quedaron en amarillentas páginas, cerca de las diligencias a las que tantas veces ayudaron… o recordados en el tango “Los cuarteadores de Barracas” de Discepolo. La cosa es que la vida, cuando se vuelve porfiada y se entretiene en continuar la ineludible brevedad de la existencia de algún mono desnudo, tal como nos citaba el notable Desmond Morris, las historias o más bien los recuerdos como estos, contados a muchachos jóvenes de hoy, tal vez se logre una pose de actuado interés… pero sin descuidar un instante el vital e infaltable celular de pantalla táctil…


Félix Duarte  


EL ENEMIGO

 Una lógica que anda en el tiempo. La vida del humano, tan breve y otras disidencias… tocan hechos en la historia reciente. Graves en sus realidades y   contextos… son ajenos hoy a nuestra  juventud. Tal es el caso de la dictadura militar, ya pasadas cuatro décadas. El  pretexto de hoy para estos apuntes, es un hecho real. El matrimonio joven digamos que eran… Juan y Lucia. El trabajaba en la sucursal del banco. Ella era secretaria del abogado. El lugar, una pequeña población a dos horas de viaje, desde Montevideo. Juan y Lucia, eran oriundos del lugar, casados hacia un par de años y muy apreciados allí.

Esplendido aquel sábado de otoño. Muy temprano en una esquina del pueblo Juan esperaba unos amigos. Iban a un asado de cumpleaños. En eso se detiene un Jeep de otros amigos y al saber que hacia le dicen…”vamos a pasar por allí, sube que aquellos se deben haber dormido…” Así que Juan va con ellos, descendiendo en el lugar del cumpleaños. Como pasa en esos casos, el asado se demora con los  “preámbulos”.  Después la sobremesa  ocupa la tarde, con la charla y los juegos de cartas…entre amigos que se conocen de siempre. Día de cero trabajo…cero reloj… cero  corbata…sin tiempo…

Esa noche, luego de una cena liviana…fue día de calor y poco apetito. Ven algo de TV y se retiran a descansar. El sueño llega enseguida. De pronto, en la madrugada un ruido espantoso los impulsa a saltar de la cama. Coches que se detienen, gritos de mando y la puerta de la casa que es arrancada de cuajo. Soldados entran al cuarto, esposan a Juan, le ponen una capucha y lo sacan con violencia. Se siente a muchos por otros ambientes del hogar. Ruidos de muebles y de vajilla que se rompe. De pronto mas gritos, los coches se van y vuelve el silencio.  El perro muy golpeado gime de dolor en un rincón…

Aquella noche nadie siguió durmiendo en el pueblo. La gran mayoría iba llegando a la casa agredida. Era unánime la certeza sobre la confusión con Juan, en los que buscaba tranquilizar a Lucía. “Vas a ver, mañana o pasado está de vuelta cuando vean que no tiene nada que ver, en lo que sea…” le repetían una y otra vez a quien era presa de la desesperación. No era por decir algo. Era sincera y unánime la certeza, en todos, sobre Juan. Aquella gente del pueblo muy solidaria, se unió en rodear a la vecina, en el arreglo de los daños a la casa, en otras urgencias y en buscar noticias de Juan, desde el lunes.

Aquel domingo el pueblo hervía en comentarios. Un grupo de vecinos se junto a planificar donde, al otro día, podían averiguar  por Juan. Bien temprano partieron a Montevideo. A la tardecita hubo una especie de asamblea para informar. El resultado fue nada. Bueno, decían, es el primer día. Pero los días fueron haciéndose semanas. Y estas meses. Y se estaban por cumplir tres meses y nada. A Juan se lo había tragado la tierra. Cuando a dos días de que se cumpliera  el tercer mes, llega a la casa un Jeep con soldados. Desciende uno que dice…” Tiene  que llevar ropa a esta dirección” y le da un billete.    

La noticia corrió como reguero de pólvora. Y el pueblo estallo de alegría... ¡Juan vivía..!! Y pronto Lucia lo pudo visitar. Y recién ahí se supo que había pasado. El ejercito tenia detectada una célula del MLN en aquel pueblo. ¿Por qué no los detuvieron? Porque supieron  que habría una reunión regional allí. Y los vigilaban esperando.  Los amigos que llevaron a Juan al asado, eran la célula e iban a la reunión esperada, que sería en una chacra vecina. Y al anochecer, en plena reunión, los copo el ejército. Como a la célula la venían siguiendo, que Juan subiera al Jeep, lo coloco como parte del grupo.

También se supo algo de su peripecia en esos tres meses. Tuvo una primera etapa terrible y muy dura y luego otra de “recuperación” antes de avisar que le llevaran ropa. La etapa “dura”  anula noción de tiempo, ni el sueño, ni el día ni la noche. Como en la segunda pudo “contar” un mes, eso hace que la primera fue de dos meses, donde todo se reducía a varias preguntas: ¿Qué mensaje te dieron? ¿Con quién tenias que encontrarte? ¿Quiénes son los otros de tu célula?…Juan no tenía respuestas. Pruebas no existieron.  Pero si la “convicción” en los carceleros de su “culpabilidad”. Sufrió seis años de cárcel.


Félix Duarte    


EL GATO


El  país era “…ese puntito que en el mapa casi no se ve…” de la canción. Con sus pocos más de tres millones de almas. Bostezaba luego de una oscura noche que había durado más de una década. En la apacible mañana de un soleado domingo, suena el timbre. Mate en mano abrimos. Unos amigos de vida y andares. Uno de los del día a día. El otro, que recién vuelve de muchos años de exilio. “Palito” y el “Rengo Viera”, de nombres y apellidos ocultos por el cariño del apodo. Periodistas ellos. Uno muy bueno, el otro un maestro. Eran del diario clausurado por la Dictadura… que renacería como semanario.

Nos invitaban a ser parte del equipo de la Redacción, que estaría a cargo de “Palito”. En La Dirección “El Rengo” secundado por el “Chancho Raúl”   pues, nos integramos. El Semanario saldría los viernes y en esa tarde el equipo se reuniría a evaluar el número ya en la calle, a definir el próximo y  distribuir la tarea, que cada uno entregaría el miércoles siguiente.  . Por aquellos días, espacios políticos como el Fénix “renacidos”,  habían decidido levantar durante una semana, el tema de los desaparecidos, promoviendo actos barriales, una concentración céntrica al final y buscar espacios en prensa y radios amigos.

En la reunión inicial, se resolvió como nuestro aporte, dedicar la edición  a entrevistar a familiares de los desaparecidos. “Vos que sos del gremio podes encargarte de la compañera de Lorenzo…” se nos dice…y ponemos manos a la tarea. Conseguido teléfono, nos hablamos. Explicada la  razón de urgencia, quedamos para ese domingo a la mañana. El domicilio era a media cuadra del Viaducto de Paso Molino. Poco  más  allá del  monumento a la Diligencia, ya empezaba la calle. Quietud de barrio en enero. Parque con  sensación de rocío. Tocamos. Sale la esposa de Lorenzo. Digamos que se llamaba Ana.

Saludos y otros etc. y dice: “estaba haciendo café, ven y luego empezamos”.la acompaño,  empieza a enhebrarse la charla  En un rincón de la cocina había un “changuito” de feria a medio llenar con diarios arrugados. Mientras Ana ordena una bandeja con las tazas,  me acerco al rincón aquel y ocurre uno de los momentos más horribles que he vivido. Y que no olvidé.  Aquellos diarios  y el “changuito” se sacuden. Estalla el alarido o grito o lo que sea, que me hace dar un salto. Me invade una situación extraña. Ana deja la bandeja. Me sujeta los brazos con fuerza y me dice…”tranquilo… vamos y te explico que es eso”

Ante el café humeante, Ana empieza…”Cuando Lorenzo fue requerido, paso a la clandestinidad. Llamaba cada día, apenas para oír el “hola”. Ambos sabíamos que el otro estaba libre. Era habitual instalar ‘ratoneras’ aquí. Jeep que llegaba en la alta noche. Tres o cuatro, con equipos de escucha, se ubicaban aquí, donde estamos ahora. Mama, yo y la nena al cuarto. No se abrían ventanas y no se salía de allí. Solo al baño o cocina, con un soldado al lado. En la casa había un gato joven y juguetón. Veía alguien sentado y le saltaba a la falda. A los tres días los soldados no estaban. Se habían ido…”

Explica Ana que salen del cuarto. Lo primero fue buscar el gato. Nada. Mucha suciedad en el living, pero esta vez con abundancia de manchas de sangre y el rastro hacia un fondo con piso de tierra y pedregullo. Temen lo peor con el gato. No está allí. De pronto perciben algo de un montoncito de tierra en un costado. El gato en su agonía se había ido cubriendo de tierra y sangre. Es seguro que saltó a la falda de un soldado. Este lo apuñaló y en esa posición se dirigió al fondo y lo lanzo a la tierra. Las manchas, las formas, el rumbo de la sangre lo indicaban. Sin necesidad de Sherlock Holmes. El gato se salvo. Su cerebro no. Está en la noche de una locura por el dolor, dijo el Veterinario. Quedo en el “Changuito” y sus diarios. De noche Ana lo sacaba un rato al fondo. Solo con ella, el pobre gatito no explotaba con su espantoso alarido.

Félix Duarte



“SOLITO”…

El ya pasaba los ochenta y su salud no estaba mal, “aura que dice paisano”… como tal vez diría Don Verídico en “El Resorte”… con el visto bueno del “Barcino”… aunque “la memoria cercana”, según el médico, es normal que funcione así. La cosa es que recordaba, tal cual, lo que ocurria en las soledades del Uruguay profundo cuando tenía seis años, pero no el lugar en donde guardó algo hacía media hora, o un nombre en la página anterior del libro que leía. En esos recuerdos se entretenía, con sus vivencias de muy lejanas épocas. 

Era bien negro como la noche negra, con un par de manchas blancas en cabeza y cuello. Pelo largo. Raza policía, así como el “Rex” de la serial.   bueno y noble como ese sabueso. Una mañana, su padre lo había dejado en su almohada. Al despertar él, brillaban dos ojitos desde   un montoncito de vida palpitante. En la vieja estancia, anclada en la inmensidad profunda del campo, había unos treinta perros, pero aquel “Rex” no se separaba de él. Algunos de los treinta venían a “saludarlo” antes de salir todos, campo afuera y al trabajo.

“Rex”, él, su madre…un petizo, muy viejo, siempre bajo el ombú ya en sus finales… y “Don Braulio” al que le decían “el peón casero” para todo tipo de tareas, éramos  los únicos  habitantes de aquella soledad, después que el grupo salía al campo y a sus tareas. Como quedaba solo un perro hasta el regreso entrando la noche, su madre lo bautizó “Solito”. Los días y los meses, el invierno y el verano, hicieron de perro y él una cosa sola. Una sola respiración, una sola intención. Se entendían con las miradas y los gestos. Así nomas era la cosa.

“Solito” y él despuntando soledades se la pasaban en sus juegos con la flota de camiones: latas de dulce de membrillo, con alambres por ejes y ruedas con cuatro carretes de hilo, de las costuras de la madre, en una máquina tan antigua como la estancia. Las corridas con el triciclo, donde él a propósito caía en el lugar de la curva, justo donde “Solito” lo esperaba, entre los pastos, para recibirlo con su blando cuerpo negro. Infaltables eran largas recorridas por la enorme huerta, por los árboles frutales y sobre todo por el monte del arroyito del bajo.

El dúo era amigo de todos los habitantes de aquellos lugares. Grandes zapos en el remanso entre los algarrobos. Enormes arañas negras que se erizaban para saludar a “Solito” que se les acercaba moviendo la cola. Culebras inofensivas. Aves y animalitos menores de todo tipo, serían una larga lista. Amigos de los dos visitantes de cada día. Una mañana el petizo amaneció muy quieto… ojos cerrados y cabeza sobre la gruesa raíz del ombú. Años después le tocó el turno al “Solito”. Después, él se fue rumbo a la casa de un tío en Artigas. para empezar con la Escuela. Pero su perro negro siguió vivo, en los recuerdos… tiempo adentro… juntos en la felicidad que va con la vida. 


Félix Duarte

LA FILA

 El supo habitar muchos años en una casa cercana al zoológico. Patio al fondo, con parrillero. Muro medianero cubierto por densa enredadora. Espacio chico pero acogedor lugar para reuniones con pocos amigos, mientras  las brasas le ponían prisa al asado y el vino ubicaba  temas en la charla. Aquel sábado de verano  se planteaba la acostumbrada reunión semanal;  todo ya estaba a punto y en la espera. Ingredientes para la picada, carne, el adobo, el vino y la leña…era la mañana aún  muy joven… a poco rato del amanecer. Pero antes de que llegaran los amigos, tenía previsto realizar un trabajito en el patio.

A lo largo del muro vecinal había un espacio de tierra. De baldosas era  el resto del piso. En el extremo junto a la parrilla, emergía el pié de la enredadera. La tierra originaba suciedad a causa de lluvias o vientos y la idea era cubrir con cemento la tierra, dejando un espacio pequeño que permitiera irrigar la planta. Había comprado portland y unos  baldes de arena. Nivelo la tierra. La apisonó con un artefacto que prestó el vecino. Puso un plástico sobre las baldosas, hizo la mezcla, que extendió y con una madera, la niveló.  En eso  el timbre. ..Ahí está Pepe pensó...  no falla… siempre es el primero en llegar…y era él…

“Este vino casero me lo trajeron ayer…verás que lujo…” dijo Pepe luego del saludo, acercando la botella. Rumbo al fondo, pusieron manos a la obra. Al rato la picada quedó a punto… bancos, mesa, el toldo, vasos  en cada lugar… llamitas recordando a la leña un cercano destino de brasas mientras  ella desde la cocina anuncia un postre…”de película…”  Al rato están todos, siete en total más Don Zitarrosa de fondo. El tiempo consume la tarde y con el atardecer…los dos… cansados... con los vinos… el asado, el calor…”me recostaré un rato…” dice ella…él en un perezoso queda en el patio…El sueño no tardó en llegar y despierta cuando agonizaba el día.

Lo primero que hizo fue observar la obra sobre la tierra y le sorprende algo como una manchita negra en medio del cemento aun fresco, desde donde parte una línea blanca hacia la enredadera. Realmente quedó intrigado por aquello. Enciende la luz y se inclina sobre el cemento aun sin fraguar. ¿La mancha? un pequeño agujerito abierto, del que salen pequeñas hormigas negras, cargando una diminuta pelotita cada una. Esa fila india era la línea blanca  que se perdía en la enredadera. Lo comprende y una enorme emoción lo invade. Bajo la tierra había un  hormiguero. El cemento que la cubrió prendió la alarma. Quedarse era la muerte. Había que salvar las crías.

Wimpi decía  que:”cada latido es un milagro…” Hemos oído o leído sin recordar donde que…”el mayor de los misterios no descifrados es eso que llamamos vida…” que vale para una planta, una hormiga o el muy engreído espécimen que resulta ser el  humano… y vale por cierto para lo ocurrido en la tierra bajo el cemento. ¿Como se percibió el peligro…y que había que salir de allí? ¿Como que debían abrir una ruta de escape y que la prioridad de cada una era salvar las crías? ¿Cómo que el rumbo de la fila era ese? pues del otro lado del muro, el vecino tenía un amplio jardín. ¿Como sabían que allí podrían empezar de nuevo? ¿Cómo pasó todo lo que pasó…?


Félix Duarte

EUSEBIO

Su padre Eusebio había llegado desde el sur del Brasil, cuando aún era muy joven el siglo diecinueve. En el pequeño país que era Uruguay, los colonialistas ingleses extendían  los caminos de hierro de las vías del tren, por las que avanzarían después de andado el tiempo y cruzando los campos y asustando pájaros en cielos tranquilos –con el humo pastoso– las locomotoras empujadas a vapor de carbón. No había bisontes ni había búfalos que matar. Ni tampoco indígenas o nativos molestos que exterminar, para que avanzara el camino nuevo sin mayores complicaciones.

Esos animales no habitaban aquellas tierras y los indígenas habían sido ya
exterminados por uruguayos, antes que llegara el tren, porque había que ubicar a nuevos dueños para esos campos. Varios años pasó su padre Eusebio –invierno y verano– a golpe de pico, de pala y de marrón, junto a decenas más de peones. Avanzaban los brazos de hierro. Se nivelaban los valles y se construían puentes desmontando lomas, porque montañas en aquel país no había. Los campamentos con sus carpas avanzaban también. Se preparaba el camino para lana, las carnes y los cueros así como los granos.

Para que todo lo que producían los campos pudiera llegar más barato a los puertos, y de ellos partir hacia los mercados de Europa, enriqueciendo aquí a la naciente oligarquía de los terratenientes del presente, aunque su padre Eusebio –analfabeto y bueno– nada sabía de todo eso. Sólo sabía que para él, aquel trabajo era bueno, porque "los ingleses" pagaban mejor jornal, del que sólo cobraba una parte y el resto, que no precisaba para sus pocos gastos quedaba, como ahorro a su nombre, guardado por la compañía. Al avanzar las vías, avanzaban los campamentos de los braceros Uruguay adentro..

En uno de esos cambios que hacía cada tanto la cuadrilla, aquella vez el campamento se instaló cerca de una estancia. Como ocurría en esos casos, siempre trataban de conseguir en esos establecimientos  algunas hortalizas, si era posible fruta, o algo más que producía la huerta familiar de la estancia. Tal vez unos pollos, a lo mejor trozos de carne, que a veces les vendían y en otras les regalaban, para alegrar un poco el triste guisado de charque, que día tras día y noche a noche proporcionaba la compañía. Cuando estaban en medio del campo, buscaban en la pesca o en la caza de especies silvestres, tales complementos al monótono menú diario..

En esta estancia la conoció. Vivía con sus padres y toda la familia en un extenso grupo que trabajaba y atendía el establecimiento. Y como faltaba poco para terminar el contrato con "los ingleses" y como estaba cansado de tanto picar piedra y tierra bajo el sol la lluvia o  el frío y como en la estancia había lugar para levantar un rancho más, pues allí fue que su padre Eusebio se quedó. Ella escribía con una hermosa letra, limpia y clara como de maestra de escuela. Y al poco tiempo, cuando empezaba lo que sería un invierno muy inclemente y muy lluvioso… a mediados de un muy frío mes de mayo de1932, nació él.


Félix Duarte